jueves, febrero 23, 2023

Una densa cortina de humo

(Nota del 23-2-2023) Este post fue originalmente publicado en algún momento del año 2006 y lo vuelvo a publicar ahora, íntegro, porque el criminal de guerra Humberto Ortega se presenta ahora como si fuese un demócrata y pretende engañar a quienes no lo conocen. Para revisarlos, había sacado de circulación todos los posts de este blog, ahora voy a poner de nuevo algunos). 
 
Un mediodía de inicios de marzo estábamos almorzando y escuchando la radio en la escuela de Tortuguero que nos servía de comando cuando escuchamos la noticia: la noche del 27 de febrero de 1983, 23 miembros del batallón 3062 habían caído combatiendo a las tropas contrarrevolucionarias. El 3062 era el batallón gemelo del nuestro y muchos de entre nosotros conocíamos a muchos de los muchachos de aquel batallón. La noticia cayó como un balde de agua fría y cuando escuchamos los nombres de los muertos varios de los muchachos dejaron correr las lágrimas copiosamente. En los días siguientes Daniel y Humberto Ortega ayudados por su madre y aconsejados por Rosario Murillo habrían de tender una espesa cortina de humo que aún, 23 años más tarde de la ocurrencia de aquellos hechos no permite ver la realidad de lo entonces acontecido: la muerte de aquellos 23 niños, adolescentes y jóvenes ocurrió a causa de la irresponsabilidad criminal de los hermanos Ortega que intencionalmente les enviaron sin entrenamiento, con armas inferiores, mal comidos, desvelados y desmoralizados a enfrentarse a soldados experimentados, bien entrenados y armados hasta los dientes por el gobierno del presidente estadounidense Ronald Reagan. Los Batallones de Infantería de Reserva de la Juventud Sandinista servirían, en la obtusa mente de los Ortega, de escuela para la formación de los cuadros juveniles que el FSLN estaba necesitando con urgencia. La idea era reproducir en estos batallones —sin decírselo a los reservistas por supuesto— las difíciles condiciones de vida que según la mitología sandinista los guerrilleros habían vivido en las décadas de los sesenta y setenta. Las espartanas condiciones habrían de pulir a los muchachos y les convertirían en fogosos revolucionarios que habrían de recoger la estafeta dejada por los “héroes y mártires de la revolución”, los campesinos les acogerían en su seno como hijos propios y en los reservistas se despertaría un profundo amor hacia el pueblo. Así, en un momento en que las condiciones de vida de la población eran las mejores que en el período revolucionario habrían de vivirse, los jóvenes fueron enviados muertos de hambre, casi sin provisiones a los frentes de batalla y mientras en los puertos se descargan toneladas tras toneladas de las más modernas y sofisticadas armas de combate para la infantería, los reservistas reciben armas muy anticuadas producidas en Rusia y Checoslovaquia antes de la segunda guerra mundial y conservadas a lo largo de décadas bajo gruesas capas de grasa en secos y fríos almacenes. Pero eso no es todo, los muchachos habrían de recibir nada más que un entrenamiento de tres o cuatro días, del mismo modo que los guerrilleros lo habían hecho a su vez. Uniformes, calzado y otros pertrechos indispensables para el buen desempeño de las labores del soldado habrían de ser escasos y de mala calidad. Como muchas otras ideas absurdas salidas de las alienadas mentes de los Ortega, esta también se estrelló contra la realidad, una realidad que esta pareja jamás había sabido estudiar y menos aún entender. Todos los tiros salieron por la culata y el resultado del experimento fue una tropa desorganizada, desmoralizada y hambrienta moviéndose en un medio cada vez más hostil. Uno podría reírse de lo disparatado de la idea de no ser porque como producto de ella murieron muchos jóvenes, una buena parte de ellos casi niños. Los muchachos que conformaban los batallones de reserva 3062 y 3072 no eran soldados, eran niños jugando a soldados y enviarlos a combatir contra soldados de verdad fue un acto horrendo, un crimen espantoso que los culpables se apresuraron a tapar. No eran soldados y por eso y porque estaban desnutridos y cansados se quedaban dormidos en las horas de guardia o se asustaban en medio de las sombras de la noche y empezaban a dispararle a los árboles que se movían al ritmo del viento.. No tenían idea de lo que era el arte militar y por eso no cubrían posiciones claves en el terreno y dejaban con eso abiertas muchas posibilidades para un enemigo muy superior en cuestiones militares. No, los muchachos no eran soldados ni nada que se les pareciese, no por falta de valor, de disposición o de coraje, sino porque se les había negado la oportunidad de convertirse en soldados de verdad. En las condiciones en que estos muchachos se encontraban eran presa fácil de cualquiera que quisiese hacerles daño. Y lo que cualquiera con dos dedos de frente podía esperar que ocurriese, ocurrió al fin: un grupito de elementos de la Contrarrevolución, bien informados por miembros de la población avanzaron como Pedro por su casa y masacraron a los jovencitos, produciendo el saldo de muertos que antes he dicho y un buen número de heridos. El resto de los muchachos despertó de pronto a una realidad espantosa y asustado hasta la muerte arrojó sus armas y huyó, una acción que era también de esperarse de estos jóvenes citadinos de oficio de estudiantes que nada tenían que estar haciendo en una guerra que era de otros y para el beneficio de otros. Lo que vino después esta bien documentado por diversos medios de prensa, nacionales e internacionales. El Papa Juan Pablo Segundo visitaba en esos días Nicaragua y la madre de los Ortega, con ayuda de personal y medios de la Seguridad del Estado condujo a las madres de los muchachos muertos a pedirle al papa —entre gritos desgarradores, llantos y lamentos y de una manera muy fuera de orden— una oración por sus hijos muertos. Le pedían de este modo hacer un gesto parcial favorable a uno de los bandos contendientes en esa cruenta guerra, el bando sandinista. Le pedían tomar partido y el Papa, como era de esperarse, se negó a bendecir de este modo las acciones de los sandinistas. El escándalo cobró entonces proporciones enormes, el foco de la atención fue desviado hacia allá y a nadie se le ocurrió decir que la culpa de aquellas muertes la tienen los Ortega y que la contra solo fue la mano que empuñó el arma. Al año siguiente daría inicio el servicio militar obligatorio y miles de jóvenes serían enviados a matar y morir a los campos de batalla, al servicio de ideales sublimes que los comandantes sandinistas decían también servir. Apenas un lustro más tarde, los intereses de los comandantes que saldrían del gobierno enriquecidos y gordos como cerdos cebados, quedarían muy claros para todo el mundo. Las madres de esos jóvenes muertos habrán sufrido entonces seguramente en sus corazones una segunda muerte de sus hijos. Un día, cuando haya justicia en Nicaragua, estos crímenes habrán de investigarse y los culpables habrán de correr como las cucarachas cuando se prende la luz súbitamente

Katiuska (1)

(Nota del 23-2-2023) Este post fue originalmente publicado en julio de 2006 y lo vuelvo a publicar ahora, íntegro, porque el criminal de guerra Humberto Ortega se presenta ahora como si fuese un demócrata y pretende engañar a quienes no lo conocen. Para revisarlos, había sacado de circulación todos los posts de este blog, ahora voy a poner de nuevo algunos).

Interrumpo por un momento el relato del episodio de la Goyita para escribir esto que ahora empiezo a contarles no vaya a ser que se me olvide. Una conversación telefónica sostenida hace unos días con un viejo amigo y un documental que he visto hace poco me trajeron a la mente estos recuerdos que hoy quiero compartir con ustedes No recuerdo con exactitud si fue en la celebración del primero o del segundo aniversario de la Revolución Sandinista o de un aniversario de fundación del Ejército Popular Sandinista cuando vi por primera vez aquellos enormes camiones de tres ejes llevando sobre sí una plataforma de largos y anchos tubos. La BM-21 Recuerdo bien que se trataba de una de esas enormes concentraciones, con desfile militar incluido, con que los sandinistas celebraban sus fechas más queridas y que la visión de estas armas me dejó impresionado y con la boca abierta para el resto del día. Se trataba de la BM-21, un arma lanzacohetes múltiple, heredera directa, modernizada y muchísimo más mortífera, de la famosa Katiuska, esa pieza de artillería de campaña de medio calibre introducida por el ejercito ruso en la Segunda Guerra Mundial que aterrorizó al ejército alemán y le causó innumerables bajas. La Katiuska Esa tarde, mientras cenábamos, le hice el comentario a un amigo mío, de conocimiento enciclopédico y experto autodidacta en asuntos militares. —Ví las BM-21 de cerquita —dije, sin saber que estaba trayendo a la mesa el tema que ocuparía toda la conversación de la cena y de la sobremesa. —¿Y, qué te parecieron? —respondió mi amigo, sonriente. —Lindas. Me dejaron mudo, quieto, impresionado, pálido y chirizo. No me gustaría estar del lado por el que sale el cohete. —Ese es precisamente el efecto que se busca crear con su exhibición, que cualquiera que esté pensando en meterse con los sandinistas la piense de nuevo, que se asuste y se porte bien porque si no la va a pasar muy mal. Es igualito a lo que hacía tu abuelita, enseñarles la tajona para mantenerlos quietos sin tener que verse en la necesidad de usarla. El amigo este sabía mucho de las BM-21 y en los días recién pasados las había estado estudiando a profundidad porque había sabido antes que muchos otros, que los sandinistas las habían adquirido de los rusos y que las exhibirían en esta fecha. Era un curioso, un erudito, una de esas personas fanáticas del conocimiento, de esos que se levantan a media noche a abrir un libro para buscar un dato cuyo desconocimiento les quita el sueño. Cuando nos levantamos de la mesa fuimos a continuar la conversación a la amplia y ordenada biblioteca y pude examinar detenidamente las fuentes del conocimiento de mi amigo. BM-21 camuflada —Con todo y que las BM son lindas y un arma poderosísima —me dijo mi amigo a modo de conclusión antes de retirarse a atender otros asuntos y dejarme leer tranquilo— en este país, en esta época y en esta región del mundo no sirven para nada. Sólo sirven para que el mancuncho [Humberto Ortega, por entonces jefe del ejército] saque pecho y se sienta bien macho. No puedo imaginar un escenario en el que podrían ser utilizadas: a lo interno del país jamás podrían ser usadas y con los vecinos nunca entraríamos a una guerra total que justificara su uso. Esa noche me quedé hasta bien pasada la medianoche leyendo sobre las BM-21, las Katiuskas y la Segunda Guerra Mundial. En esos días no existía aún la internet y si uno quería averiguar algo tenía que ir a quemarse las pestañas y buscarlo en los libros. Mi amigo tenía una biblioteca enorme llena de titulos interesantísimos y a veces me perdía por horas y horas pasando de uno a otro volumen, al igual que los muchachos de hoy en día se pasan horas saltando de website en website. Esa era una de las casas en las que era recibido como si fuera un miembro de la familia, a la que llegaba de visita sin aviso previo y en la que me quedaba a dormir —o leer toda la noche— si así se me ocurría. Antes de irme, cerca ya del amanecer, entendí que mi amigo tenía razón y los sandinistas no usarían nunca esa arma poderosa pues su empleo presupone que del otro lado de los cañones sólo hay territorio enemigo y sólo hay ejército enemigo en gran concentración. Si las tropas enemigas se encuentran dispersas o se mueven en tu propio territorio en zonas donde hay presencia de población, el arma simplemente no debe usarse. [Abajo: Katiuskas en acción] En la segunda guerra mundial el ejército rojo empleó la Katiuska —la abuela de la BM-21, con un poder de fuego muy inferior al de ésta— para la ejecución de bombardeos de saturación, dado el efecto psicológico que producían sobre el enemigo, principalmente por la intensidad y velocidad del tiro. Los rusos reunían usualmente un gran número de Katiuskas que eran alineadas y puestas a disparar sobre las posiciones alemanas, causando un terrible efecto de choque sobre las tropas. Aquellos que no caían muertos o mutilados corrían espantados, sin poder hacer nada frente a un enemigo que se hallaba a kilómetros de distancia, y sin saber por donde caería el próximo cohete. En un website cuyo vínculo escribo al final he encontrado esta nota sobre las Katiuskas: Su bautismo de fuego tuvo lugar el 15 de julio de 1941, como relata el general Eremenko: “Experimentamos por primera vez esa estupenda arma en Rudnia, al noroeste de Smolensk. Por la tarde del día 15, la tierra fue sacudida por los tremendos estallidos de sus cohetes. Como cometas de cola roja, las granadas fueron lanzadas al cielo. Los alemanes escaparon presas del pánico, y también nuestros mismos soldados, que por motivos de seguridad no habían sido advertidos del empleo de esta nueva arma.” Déjeme darle algunos datos para que sepa a qué me refiero cuando digo que el arma es mortífera. La BM-21, es un sistema lanzacohetes múltiple de 40 tubos, de cohetes de 122 mm. El arma fue introducida al servicio operacional por el ejército soviético en 1963 para pasar a ser en poco tiempo el sistema lanzacohetes múltiple más utilizado, tanto que en la actualidad más de cincuenta países cuentan con el arma en su arsenal. El éxito de las BM-21 llevó a diversos países a desarrollar sistemas similares —o copiarlos simplemente—, entre ellos China, Corea del Norte, Egipto y algunos países de lo que fuera el bloque soviético. Los 40 cohetes de 122 mm que constituyen la carga de las BM-21 pueden ser disparados todos de una sola vez, en cuyo caso los cohetes salen de los tubos en un intervalo de medio segundo entre uno y otro, es decir toda la carga sale en veinte segundos, o puede lanzarse un cohete tras del otro, en cuyo caso hay un intervalo de cinco segundos entre cada uno. El equipamiento humano —usualmente cinco soldados— que da servicio al arma garantiza que en ocho minutos ésta esté cargada y lista para ser disparada de nuevo. La cabeza del misil tiene un peso de 18.4 Kg. y los cohetes, de una longitud de 2.87 metros, tienen un alcance mínimo de 5 Km. y un máximo de 20.38 Km. El cohete es capaz de transportar diversos tipos de cabeza: granadas de humo, incendiarias, químicas, minas antitanques, minas antipersonales, entre otras. Con las BM-21 es muy difícil acertar con precisión en el blanco pues son muchos los factores que pueden alterar la ruta del cohete, pero la falta de puntería se compensa con la intensidad y la velocidad del tiro, factores que la hacen muy efectiva en bombardeos de saturación. Ser blanco de las BM-21 debe ser muy parecido a estar en el infierno. Si usted sobrevivió al primer tiro aún le falta soportar 39 que lloverán sobre usted a un ritmo de uno cada medio segundo. Esa madrugada dejé esa casa convencido que las BM-21 no serían jamás utilizadas en Nicaragua pues no había nada que pudiese justificar su uso. Yo era entonces muy joven y muy ingenuo y venía de un pueblito pequeñito en el que sólo vivía buena gente y no se me ocurrió pensar que pudiesen ser utilizadas sin justificación alguna, como en efecto ocurrió. No podía pasarme por la cabeza que el jefe del ejército pudiese alguna vez dar personalmente —como lo hizo—la orden de disparar esas armas terribles sobre los más pobres entre los pobres. En 1979, en la insurrección que finalmente lo derrocaría, el General de División don Anastasio Somoza, dictador de Nicaragua, había mandado a bombardear las ciudades con enormes bombas lanzadas desde pequeños aviones, pero aunque el bombardeo hizo muchísimo daño y destruyó manzanas enteras en varias ciudades, el suyo no pasó de ser un bombardeo artesanal, con avioncitos y con bombas —a veces fueron barriles de gasolina— que no habían sido diseñados para el uso que se les dio. La comunidad internacional criticó horrorizada estos hechos y los sandinistas los denunciaron en cuanto foro pudieron. Unos pocos años más tarde, Humberto Ortega, un pequeño y mezquino hombrecito salido de la nada, que más tarde se daría a sí mismo el rimbombante título de “General de Ejército” habría de mandar alinear las recién adquiridas BM-21 frente a aldeas misquitas y habría de bombardearlas despiadadamente, día y noche, por días enteros, en una manera de atacar poblaciones indefensas que dejaba pequeñito al dictador Somoza. En la próxima entrega le contaré más, mucho más sobre este tema.

BM-21 en acción

lunes, enero 16, 2023

Hermanas Siamesas (1)

(Nota del 23-2-2023) Este post fue originalmente publicado el 3 de marzo de 2006 y lo vuelvo a publicar ahora, íntegro, porque el criminal de guerra Humberto Ortega se presenta ahora como si fuese un demócrata y pretende engañar a quienes no lo conocen. Para revisarlos, había sacado de circulación todos los posts de este blog, ahora voy a poner de nuevo algunos).

[En esta serie quiero referirme a la así llamada Costa Atlántica de Nicaragua (en realidad deberia llamársele Costa Caribe), su relación histórica con el litoral del Pacífico y el trato que los sandinistas le dieron en los años de revolución] La primera cosa que pensé, al desembarcar en el muelle de Bluefields aquella tarde de 1976 fue que había dejado Nicaragua y estaba arribando a un otro país. El aire trayéndome deliciosos aromas que por primera vez percibía y no sabía interpretar, aquellas lenguas tan extrañas para mí que esa gente alegre, despreocupada y ruidosa usaba para comunicarse entre sí, la música y los otros sonidos, la arquitectura, la geografía, en fin, cada cosa que iba viendo, oyendo, sintiendo, me decía que esto no era Nicaragua, que este era otro país y otra gente. Yo era para entonces nada más que un joven de dieciséis o diecisiete años, sin mucha experiencia de la vida, haciendo un viaje escolar en el último año del bachillerato, que no sabía muy bien qué cosa era otro país pues además de Nicaragua sólo conocía Costa Rica, un país no muy diferente. Además de mi juventud e inexperiencia, desde esa madrugadita mi juicio estaba profundamente afectado, fuera de balance o quizás hasta perdido y andaba como flotando en una nube rosada, naranja y púrpura. Esa madrugada, a eso de las tres y cuarenticinco me había enamorado —a primera vista por supuesto como todos mis enamoramientos— de una manera que hasta entonces no había experimentado, ni en forma ni en intensidad ni en velocidad. Fue asunto de tropezar suavemente con ella en el pasillo del bus, mirar sus ojos en la escasa luz y escuchar esa vocecita suya diciendo en voz bajita “¡Oh, perdón!” y me enamoré, irremediablemente. Le bastaron un par de segundos a esa jovencita delgadita y bella como no había visto nunca, para conseguirse un incondicional, alguien que hubiese hecho cualquier cosa que ella le pidiese. Yo era y sigo siendo quizás, pupilo de la escuela romántica cortapulsos y mi noción del amor y de amar eran más o menos aquellas que las canciones mexicanas nos metían en la cabeza desde la omnipresente radio. Había seguido a mi hermano mayor y sus amigos cuando salían a poner serenatas y suspiraba con aquellas canciones de total entrega y me conmovía con versos como “buscaba mi alma con afán tu alma” y “yo presentí en el mundo tu existencia y como a Dios sin verte te adoré”. Había visto a mas de un hombre grande y fuerte que ya borracho caía víctima de la cabanga y “aturdido y abrumado por la duda de los celos” lloraba como niño de pecho la pérdida de un amor. El amor, había oído yo más de una vez, cuando es amor de verdad, duele cuando se pierde, con un dolor que no tiene comparación. Así me enamoré yo aquella mañanita, con todo el güevo, y así de golpe, empecé a entender los poemas de Neruda que leía en los libros de mis hermanas y las novelas clásicas francesas que mi amigo Adonai, lector insaciable, me prestaba sacándolas subrepticiamente de la enorme biblioteca de su padre.

Aquella mañanita habíamos dejado Rivas a eso de las dos de la mañana, en un bus alquilado que nos llevaría a Rama donde tomaríamos el barco hacia Bluefields. Eramos veinte o veinticinco estudiantes del quinto año de bachillerato acompañados por los dos maestros (uno de ellos era mi hermana) más simpáticos del Instituto Rosendo López. En la Colonia Centroamérica, en Managua, recogeríamos a un grupito de estudiantes del Colegio Cristóbal Colón de Bluefields, que serían nuestros anfitriones en su ciudad. En este grupito venía esta joven que les cuento, que tropezó conmigo como les he contado.

Apenas se subieron las blufileñas (creo que sólo había mujeres) la atmósfera del bus cambió por completo, llenándose de una alegría contagiosa que nos habría de acompañar cada día de este maravilloso viaje. Aquellas cancioncitas románticas, dulcetes y pendejas que veníamos cantando ['tan pequeña es, tan frágil es... sin tí lo sé, yo ya no puedo vivir”] dieron paso a la música vibrante que aquel grupito de muchachos empezó a cantar [“ay, ay, ay, playa bonita y su bello mar”] y acompañar usando como tambores los asientos del bus. Aquella jovencita cantaba, bailaba, reía y con cada cosa que hacía o decía me iba yo enamorando más, me iba idiotizando más y más y dejando en mí una profunda impresión. Se llamaba (aquí su nombre) y no era sólo bella, tenía además una gracia como yo nunca había visto hasta entonces ni volví a ver jamás. Este amor —no recuerdo bien si se lo confesé— fue platónico y uni-direccional, como todos los amores míos de aquel tiempo, porque yo era para entonces sólo un teórico del amor y por más que hubiese leído El arte de Amar, Narciso y Golmundo y otros sabios volúmenes —cuyo nombre he olvidado— sobre el tema del amor, era completamente incapaz de llevar la teoría a la práctica: no agarraba nada.

viernes, septiembre 12, 2008

Por qué digo las cosas que digo


(Nota del 23-2-2023) Este post fue originalmente publicado el 12 de septiembre de 2008 y lo vuelvo a publicar ahora, íntegro, porque el criminal de guerra Humberto Ortega se presenta ahora como si fuese un demócrata y pretende engañar a quienes no lo conocen. Para revisarlos, había sacado de circulación todos los posts de este blog, ahora voy a poner de nuevo algunos).
 
[Hago un paréntesis en la narración y dedico este post a algunos lectores que me hacen preguntas en privado] 
A lo mejor es hora de que le explique, si es que usted no lo ha entendido ya, las razones por las que los nueve comandantes al frente de la revolución fueron con el tiempo perdiendo mi respeto y luego ─a medida que avanzaba en mis estudios en la carrera de sociología─ llegaron a ganarse mi desprecio y el título de “hombrecitos” y otros por el estilo que en este mi blog empleo. Es que yo, al igual que muchísima gente, quería revolución y en los primeros años ─a mi juicio de entonces y de ahora─ los comandantes siempre se quedaron cortos y la revolución, aunque asomó su rostro, nunca llegó, porque los comandantes no sabían ni tenían idea de cómo era que eso se hacía y en su ignorancia y su torpeza, la frenaron, frenando así el cambio en toda Centroamerica, pues Nicaragua era entonces el motor del cambio.
Intuía yo en los primeros años ─era intuición pues me faltaban conocimientos─ que los comandantes no estaban a la altura de la tarea que el pueblo les había encomendado. A partir del año 1986, cuando empiezo a leer y estudiar a Marx y a estudiar el marxismo seria y profundamente, guiado al principio por el cura Navarro, ese viejo sabio del que antes les he contado y por otros curas y no curas más tarde, la intuición se convierte en certeza y me doy cuenta de la honda ignorancia de ese grupito de enanos intelectuales que se atrevieron a ponerse al frente de la revolución. A usted le han dicho quizás que los comandantes eran marxistas, que eran comunistas, pero eso es nada más un favor que les hacen, salido de la propaganda Reaganiana, pues realmente los comandantes no eran nada, ni chicha ni limonada. 
Del mismo modo que usted no se convertirá en panadero leyendo las instrucciones que vienen en la cajita de harina que compra en el supermercado, los comandantes no podían convertirse en marxistas leyendo ─aquellos que leían─ los folletos de propaganda que producía la Academia de Ciencias de la URSS y que distribuía en los países del tercer mundo. Aquellos hombrecitos, siendo incapaces de encontrar por sí mismos y en sí mismos las respuestas que la tarea de hacer la revolución les planteaba, hicieron los mismo que hacen con frecuencia los malos alumnos: recurrieron a la copia. No es Cuba quien les arrastra a seguirla, no es la Unión Soviética quien impone a Nicaragua convertirse en peones del juego de la guerra fría. Son ellos mismos, vacíos de ideas sus pequeños cerebros, quienes se dedican a la imitación, sin detenerse a pensar que el mono por más que imite a los humanos, mono se queda y que el parloteo de la lora no se convierte en habla por más que el animalito practique la imitación. Son ellos quienes arrastran al país todo y a la sociedad toda a la vorágine de aquellos años, sólo para regresar después al mismo punto del que habíamos partido en peores condiciones que al principio. Son ellos quienes crean las condiciones para crear lo que ahora estamos viviendo, una versión empeorada y aumentada del somocismo, o lo que es lo mismo Somocismo versión 2.0, o si usted así lo prefiere: chayo-danielismo 1.0.

domingo, noviembre 19, 2006

Hermanas siamesas (3)

Párrafo a párrafo, como quien va raspando la olla del gallopinto voy raspando yo la olla de mis recuerdos y voy escribiendo mis memorias, para que dentro de quince o veinte años mis dos pequeñas hijas puedan saber sobre su padre de fuente primaria pues uno nunca sabe qué le va a ocurrir y no me gusta la idea de caer muerto de pronto, de un infarto o porque un rayo me partió y dejar a mis hijas sin información sobre esa parte de ellas que soy yo. Eso sería de muy mala educación y muy desconsiderado. Ellas tienen todo el derecho de conocer su pre-historia y mejor se las cuento yo y no que vengan otras personas a contarles sabrá dios qué cosa y a hacerles sabrá dios qué interpretación de mi vida y mis actos. De esas memorias estoy sacando para publicarlas en este blog, aquellas cosas menos intimas, cosas que podría contar en una mesa de tragos sin apenarme o apenar al oyente. Las memorias y este blog también, son un recuento personal en el que muestro la imagen que de la vida y sus cosas, de gentes y de lugares, he ido obteniendo mirando a través de la pequeña rendija que a mí me ha tocado en suerte. No escribo aquí un tratado histórico, sociológico o antropológico y las cosas que les voy contando son producto de la observación vulgar, es decir: no-científica. Le cuento todo esto para que no nos enredemos ni usted ni yo y no pensemos que esto es otra cosa y empecemos a hacernos exigencias. A mí mismo se me olvida a veces y me quedo trabado, como ahora que me he pasado tres semanas escribiendo para ustedes una cosa demasiado seria, demasiado complicada y aburrida, que al final he guardado para usarla para otros menesteres alguna otra vez, si la ocasión se presentara. Así que le ruego me disculpe si no he cumplido con mi obligación de publicar cada domingo un nuevo post. Sí, yo se que usted no me paga y no espera que yo cumpla, pero compromiso es compromiso y a eso me he comprometido. Sigamos.

En alguna otra ocasión les contaré sobre el proceso histórico que fue diferenciando a la región del litoral Pacífico y del centro de Nicaragua de aquella inmensa región que se extiende hacia el Este hasta llegar al Mar Caribe. Les contaré entonces cómo la influencia del pasado indígena propio de cada región en combinación con la influencia española —en el Oeste—, nor-europea y africana —en el Este—, dio como resultado en un proceso de siglos, dos pueblos completamente diferentes. Hoy quiero contarle otras cosas.

En un post anterior les decía que los nueve comandantes de la revolución no eran ni muy inteligentes ni muy instruidos y analizaban la realidad desde rígidos manuales comunistas soviéticos que seguían al pie de la letra aplicándolos a la realidad como se aplica una camisa de fuerza. Por eso no es de sorprender que su interpretación fuese con mucha frecuencia disparatada y cuando se lee las cosas que dijeron o escribieron sobre Nicaragua, su historia y el agro —entre otras mil cosas sobre las que opinaban— da la impresión que están hablando de otro país y de otras gentes.

[Cada vez que leo documentos de aquella época, noticias, discursos y entrevistas y caigo en la cuenta de la enorme ignorancia de la Dirección Nacional del FSLN y de su alejamiento de la realidad del país de carne y hueso, me pregunto de nuevo cómo fue que entonces no fuimos capaces de detenerlos y desenmascararlos como impostores y de nuevo me respondo que en aquel entonces estábamos enamorados de ellos ciegamente, del mismo modo que se enamoran las muchachitas quinceañeras y no veíamos sus errores. La gran mayoría tampoco entendía muy bien en aquel momento el país en que nos tocó nacer y no percibían los errores. Otros podían ver los errores pero no decían nada porque encima estaba el yanqui haciendo la guerra y no era el momento de distraer las fuerzas señalando errores y pensaban quizás que el momento llegaría alguna vez. Otros más señalaban las grandes fallas, hacían propuestas y criticaban pero estos eran purgados sin piedad. En la época sandinista la dirección del fsln concentraba todo el poder y los cuadros intermedios y las bases sólo debían ejecutar los lineamientos que llegaban de arriba, aquel que no obedecía era apartado. La revolución era como un tren, o te subías, o te apartabas porque si te le ponías enfrente intentando detenerlo, te pasaba por encima.]

Si la visión que la dirección del frente tenía de la Nicaragua del Oeste y del centro estaba completamente alejada de la realidad, hablando de clases sociales y relaciones de producción inexistentes —para mencionar nada más que un par de errores—, la visión que del caribe tenían era aún más traída de los pelos. Marx no estudió nunca el tipo de sociedad que en el Caribe se produce ni nada por el estilo y los manuales soviéticos no analizan tampoco nada parecido a esos pueblos que allá existen, sus relaciones, sus modos de producir y sus modos de vida. Los sandinistas llegaron a la costa con un vacío teórico y metodológico y un saco lleno de prejuicios. Cuando se referían a la Costa Atlántica (nunca descubrieron la existencia del Mar Caribe) la llamaban “un gigante que despierta” porque consideraban que esa enorme región estaba en realidad “dormida”, esto es, atrasada, quedada, abandonada, haraganeando. Los comandantes, y los sandinistas en general, consideraban en un inicio que esa parte del país debía ser incorporada a la más avanzada mitad oeste y copiar de ésta su dinamismo. No fueron capaces de percibir —aunque ocurren a plena luz y son visibles al ojo desnudo— la multitud de procesos productivos que en la costa tienen lugar, la complejidad de los procesos sociales en movimiento y la enorme madeja de relaciones de todo tipo que los habitantes establecen. Los sandinistas se apegaron a los prejuicios que en el Pacífico se tienen sobre la costa Este y no pudieron por ello entenderla y por eso todas sus políticas estaban condenadas al fracaso y fracasaron. Para ellos, la costa era nada más que un inmenso territorio poblado por indios ignorantes viviendo en la edad de piedra y negros haraganes buenos para nada, que debían ser civilizados e integrados en la vida “nacional”. Porque pensaban de este modo enviaron hacia allá contingentes de ocupación compuestos por miembros del partido sandinista de tercera y cuarta categoría junto a unidades del ejército y de la Seguridad del Estado, para imponer ideas y nuevas maneras de relacionarse, en lugar de establecer vías de comunicación con los habitantes autóctonos e insertarse en la dinámica de la sociedad. De un día para el otro el español fue impuesto en la práctica como la lengua oficial —los sandinistas no hablaban ni aprendieron nunca otra lengua— en una región donde el español se habla mal y a desgana y la gente se comunica en otras lenguas bien adaptadas, tras siglos de uso, a los modos de vida de la gente. Para mencionar sólo unos pocos ejemplos: en mískito y sumo, las lenguas más habladas, no existen palabras para “revolución”, “comandante” o “imperialismo”, ni existe el concepto detrás de estas palabras. Del otro lado, el español es insuficiente para nombrar la enorme multitud de cosas propias del lugar que las lenguas locales sí pueden nombrar.

Una vez ido el dictador Somoza, la Costa abrió sus brazos, su corazón y su mente a su hermana del Oeste y buscó ansiosa la integración. También la Costa, como el resto del país, creyó en los sandinistas y recibió su ascenso al poder complacida. Habrán visto quizás los costeños en la revolución una oportunidad de equilibrar las relaciones con su hermana siamesa que hasta entonces lo único que había hecho era extraer los recursos mineros, madereros, pesqueros y vaya usted a saber sin dar mucho a cambio. Los costeños saben entonces que —al menos en ese momento— romper el vínculo con la hermana siamesa es muy difícil y sólo les queda sacar el mejor partido. Que no le cuenten a usted cuentos, el “separatismo” de los costeños surge con el sandinismo, la tentación y las ganas de cortar el vínculo y empezar desde cero con un pedazo de territorio aún rico y sin deuda externa sólo empieza a considerarse seriamente y sólo en ciertos círculos con la llegada del sandinismo, como una reacción a éste y no antes.

Como en la Costa Caribe no había habido guerra y la presencia “somocista” (la Guardia Nacional y unos pocos funcionarios de nivel medio y bajo) había sido muy reducida, cuando Somoza se va la revolución encuentra intacta toda la estructura social y productiva de la región. Aquí no había pasado nada y sólo era cuestión de dejar las cosas seguir su curso, empezar a distribuir los excedentes de manera más equitativa, re-invirtiendo en lo social y en lo económico y se habría tenido una región vibrante, dinámica, un motor —no el único pero sí uno importante— para echar a andar toda la economía nacional. En lugar de eso, en su profunda torpeza el sandinismo, para decirlo de algún modo, echó arena en el engranaje de una maquinaria poderosa que funcionaba bien y echó arena en el ojo de la hermana.

Quizás recordarán ustedes un hecho emblemático de lo que estaba ocurriendo en el país y con el país, bien porque lo vieron o porque alguien les habrá contado. En los primeros meses que siguieron al derrocamiento de Somoza, allá, en los predios de la Hacienda “El Retiro” que había pertenecido al dictador y predios aledaños a esta hacienda, fueron acumulándose los restos de centenares de vehículos que habían sido estrellados contra otros vehículos, árboles, paredones, carretas, semovientes o personas. Eran los vehículos que aquellos que se fueron habían dejado en su huida y habían sido “recuperados” por los “compas” sandinistas, que sin saber manejar se ponían al timón y por supuesto se estrellaban. Cada día llegaban nuevos restos a juntarse con los existentes y cuando uno —alguien curioso como yo— se aproximaba y los examinaba de cerca, podía ver la sangre fresca aún y otros restos orgánicos entre los retorcidos hierros. Cada ciudad del país tenía su propio montoncito, expuesto al ojo de quién quisiera apreciarlo y mostrado casi con orgullo. Era claro que los sandinistas no sabían manejar, luego fue quedando claro también que no estaban dispuestos a prestar el timón o a tomar un curso de manejo.

Si eso estaba ocurriendo con los vehículos en la mitad Oeste, en la otra mitad, gente que nunca había trabajado en sus vidas —que había sido puesta a dirigir empresas por el sólo mérito de ser sandinista— iba destruyendo alegremente la base productiva de la región, acabando con los medios de vida de la gente y arrojando al desempleo a cientos de cabezas de familia. Casí cada día una nueva empresa iba a la bancarrota, a formar parte del montón de hierros inservibles. Años después, vehículos y empresas de todo el país serían vendidos como chatarra —a una fracción ínfima de su valor— y transportados a El Salvador encima de enormes rastras que terminarían de arruinar las carreteras.

[Continuará, por supuesto]

viernes, octubre 27, 2006

Hermanas siamesas (2)

[Aún no llego adonde quiero llegar. Tenga un poco de paciencia que esta serie me está costando trabajo: es un parto difícil]

Con el paso de los años y a medida que fui conociendo el Caribe más profundamente, aquella sensación primera y totalmente ingenua de estar en otro país fue convirtiéndose en convicción plena, madura y bien informada. Al estudiar detenidamente la historia de la región llegaría finalmente a entender como fue que aquellas dos grandes regiones que conforman el territorio del actual estado nicaragüense fueron tomando diferentes caminos y fueron constituyendo entidades completamente diferenciadas y autónomas. Con el tiempo entendería que en el centro de lo que hoy conocemos como Nicaragua, en algún lugar imposible de rastrear, existe una frontera invisible, una línea divisoria que sube hacia el Norte por el Este de los grandes lagos, dividiendo el territorio en dos mitades y separando a dos países enteramente diferentes, que han sido unidos a la fuerza para intentar constituir con ellos, sin éxito, un solo cuerpo, una sola nación. En un proceso de siglos, la Costa Caribe y el litoral Pacífico llegaron a ser como un par de hermanas siamesas, esos gemelos que por un error en su desarrollo embrionario nacen atados el uno al otro, conectados por un pedazo de cartílago o hueso, compartiendo con frecuencia órganos vitales y que aún siendo dos personas diferentes, están condenados a formar un sólo cuerpo de una manera artificial. A veces, la ruptura del lazo que los une puede ser fácilmente realizada por el cirujano y los gemelos pueden vivir separados, cada cual por su lado, como corresponde a dos personas distintas; otras veces, la unión de los siameses es tan complicada, las ataduras tan intrincadas o la dependencia de uno al otro gemelo tan fuerte que la separación significaría la muerte de uno o de ambos gemelos.

Podríamos viajar muy hacia atrás en el tiempo y decir que la diferenciación del Caribe y del Pacífico empezó a producirse desde el momento mismo de la creación divina, pero yo no creo en esas cosas y me parece además que no es necesario ir tan lejos. La conquista por la corona española de los inmensos territorios del “nuevo” continente “descubierto” por Colón, marca para América Latina y en particular para Nicaragua un punto de inflexión, el acontecimiento que habría de definir su historia. Sin exageración puede decirse que la llegada de los españoles constituye para América, efectivamente, el momento de la creación. Termina ahí todo lo anterior, lo que sea que ello fuese, y empieza una época nueva en que se recoge aquello que ha quedado en pie de los tiempos anteriores y se junta con las cosas que allende los mares han llegado. La creación de la Nicaragua de hoy empieza entonces a producirse, los caminos diferentes seguidos por el Caribe y el Pacífico empiezan entonces a delinearse y a transitarse. [Más adelante le cuento esto de nuevo y se lo cuento mejor]

Cuando los españoles llegaron por fin a la conquista de Nicaragua desde el Norte y desde el Sur, dos décadas después del primer contacto y tres desde el “descubrimiento”, concentraron sus operaciones en el territorio que se encuentra en la mitad Oeste del país. La escogencia no fue casual, era a este lado del país que se encontraban las mayores concentraciones de población y los diferentes pueblos que habitaban la región mostraban un alto grado de desarrollo. Recuérdese que los españoles estaban interesados en un principio en la riqueza ya realizada, esto es, metales y piedras preciosas trabajadas en la forma de objetos ornamentales y ceremoniales y de eso había buena cantidad. Una vez que esta riqueza era apropiada, embalada, subida en un barco y despachada a la metrópoli al otro lado del Atlántico, la otra fuente de riqueza la constituía la mano de obra, capaz de producir riqueza. El litoral pacífico y el centro-norte del país, por su alta concentración de población y la sofisticación de sus modos de vida constituyeron la fuente de mano de obra que los españoles necesitaban para extraer los metales que les eran tan preciados y producir los bienes necesarios para la vida.

Existen a lo largo y ancho de toda Latinoamérica multitud de territorios y grupos de población que los españoles no sometieron nunca y no incorporaron —o incorporaron a medias— en el nuevo orden de cosas que fueron estableciendo. No tuvieron los españoles el tiempo suficiente, la energía suficiente o la suficiente necesidad para hacerlo y no lo hicieron. En muchos casos, los descendientes de aquellos españoles tampoco pudieron dominar e incorporar esos territorios a los estados nacionales que se crearon cuando las colonias se hicieron independientes. La Costa Caribe nicaragüense es uno de esos territorios.

Aquel inmenso territorio que se extendía hacia el Este no tenía para los españoles de los primeros tiempos ningún atractivo. No había ninguna riqueza allá, los pequeños grupos dispersos de población que la habitaban vivían en las más terribles condiciones, muriendo como moscas por las enfermedades y el capricho de los elementos y no se tenía noticia que hubieran allá yacimientos de oro o plata u otras fuentes de riqueza. No había nada que justificase adentrarse en ese agreste territorio, lleno de fieras, serpientes y lagartos al acecho y exponerse a la furia del inconstante clima, a las lluvias torrenciales y a las enfermedades, en una geografía inhumana, sin caminos porque los caminos se cerraban apenas abiertos, de selvas impenetrables donde ni siquiera los rayos del sol podían entrar y donde quedabas expuesto a la horrible tristeza que según algunos que habían sobrevivido en la selva, te atacaba cada noche y te hacía sentir pequeñito y abandonado y te hacía llorar como un niño de pecho.

En Mayo de 1992, subido en una moto Honda 185 viajé a toda velocidad por la recién abierta trocha —el polvo de los últimos tractores no se asentaba aún— que conectaba la Colonia Naciones Unidas en el municipio de Nueva Guinea con la ciudad de Bluefields. A todo lo largo del viaje por aquel paisaje de ensueño fui deteniéndome constantemente para contemplar la geografía de esa región indomable que al fin permitía el paso por tierra a visitantes del Oeste, luego de 500 años de resistencia. Aquella noche, de regreso ya en Nueva Guinea me fue difícil conciliar el sueño después de haber recorrido de ida y de vuelta y en un mismo día los últimos ochenta kilómetros que le faltaban a los españoles para completar, después de cinco siglos, la conquista y tener acceso finalmente a todo el territorio.

Continuará...

miércoles, julio 26, 2006

Katiuska (2 y aún no termino)

(Nota del 23-2-2023) Este post fue originalmente publicado el 26 de julio de 2006 y lo vuelvo a publicar ahora, íntegro, porque el criminal de guerra Humberto Ortega se presenta ahora como si fuese un demócrata y pretende engañar a quienes no lo conocen. Para revisarlos, había sacado de circulación todos los posts de este blog, ahora voy a poner de nuevo algunos).

[Entrega elaborada a partir de anotaciones en mi diario hechas en 1990]
Algunos años después, allá por 1988 ó 1989, en una mesa de tragos habría yo de caer en la cuenta del uso desmesurado que el Ejército Popular Sandinista había hecho de las BM-21 en la Costa Atlántica. En una fiesta en su casa, ya medio bolos y cuando se había ido casi todo el mundo, mi amigo Ramiro, que había sido oficial en las tropas que combatieron a los miskitos en el Caribe, me hizo un relato pormenorizado de la manera que el arma había sido empleada en aquellos lares [sobre el empleo en otras zonas les contaré en otra ocasión]. Por aquel entonces Ramiro había empezado a recorrer la ruta del desencanto, un camino que yo había recorrido hacía tiempo ya pero que para él era mucho más largo y mucho más doloroso que para mí, porque él se había entregado con alma, vida y corazón a la revolución y yo no. Desde muy jovencito —casi veinte años atrás por aquel entonces— se había enrolado en las filas del sandinismo, había sido dirigente estudiantil en la universidad y, cuando la Oficina de Seguridad Nacional empezó a perseguirlo tratando de capturarlo, se había ido a la montaña a combatir a la Guardia Nacional, el ejército del dictador Somoza. Era alguien a quien “la causa le costaba” —para emplear una frase muy utilizada por entonces— y porque le había costado mucho le era muy difícil aceptar que lo que había en Nicaragua no era una revolución como la que había soñado, ni cosa parecida, y que por ese esperpento que ahora teníamos, ese odioso sistema de cosas que se había adueñado del país, había sacrificado los mejores años de su vida. Porque la ruta de ida hacia la revolución había sido para él muy trabajosa, la ruta de regreso le era muy dura de recorrer, pero la recorrió, como mucha gente valiosa que poco a poco fue dejando el sandinismo cuando fue claro que por su medio no se llegaba a la revolución. La noche que ahora les cuento, estábamos haciendo un recuento de las acciones y omisiones que a nuestro juicio habían ido paseándose en la revolución y en la posibilidad de hacer alguna vez revolución en Nicaragua y en Centroamérica. En un cierto momento abordamos la cuestión miskita, esto es, la manera en que los indígenas fueron incorporados en la vida nacional en la época sandinista. [El dialogo que a continuación les presento ha sido reconstruido de memoria, de modo aproximado, el contenido es auténtico.]
 —Fuimos unos salvajes —me soltó Ramiro de pronto. 
—¿Quiénes? —dije, tratando de entender lo que Ramiro quería exactamente decir. 
—Los sandinistas por supuesto. Fuimos unos bárbaros, peores que la guardia, tratamos a los indígenas como enemigos, como mierdas, como animales.
—Tan terrible no habrá sido —dije, buscando un punto medio en el cual balancearse. 
—Yo estuve ahí, vos no, yo sé lo que te digo. Fue terrible, peor que terrible, horrorizante, si acaso existe la palabra. En la “navidad roja” y en los meses que siguieron quisimos darle un escarmiento a los alzados. Queríamos aterrorizarlos y creo que lo conseguimos. En cierto momento —no me acuerdo bien cuándo exactamente— les pusimos las katiuskas día y noche, día tras día tras día. Los hicimos cagarse del miedo, les sacamos plumeros. 
—¿Les pusimos? —dije, buscando decididamente información. 
—El ejército y el Ministerio del Interior, Delgadillo (jefe del ejército en la Región Militar n. del a. ). Aunque para ser justos, Delgadillo recibió la orden de arriba. 
—¿De arriba? —bien sabía yo qué quería decir arriba pero quería oirlo. 
—De Humberto Ortega directamente, por la radio. Todo el mundo en el puesto de mando pudo oírlo. Delgadillo le hizo un recuento de la situación y Humberto le dijo entonces “ponele las muchachas a esos hijueputas”. Delgadillo todavía le preguntó, como si no hubiera oído y olvidándose de hablar en clave: “¿Las BM-21, comandante?” Al otro lado Humberto parecía impaciente: “Así es, las BM, dejáselas caer, si tenemos el arma hay que usarla” y Delgadillo, muy obediente como siempre ha sido— les cayó encima con todo el güevo. 
—Pero estábamos en guerra, los miskitos se habían alzado, había que responder —dije, usando el viejo truco siquiátrico de tomar el lado del informante y mostrar comprensión. 
—Pero no de ese modo —siguió Ramiro— no había necesidad de tanta violencia. Es como si un padre le corte una mano a su hijo porque éste le robó un peso. La respuesta no iba de acuerdo a la ofensa, fue exagerada y me pasé años tratando de entender por qué se respondió de este modo. Los últimos meses lo he venido pensando y he hablado con alguna gente sobre esto y creo que al fin lo entendí: Humberto mandó a usarlas como ensayo, como entrenamiento, para prepararse para lo que vendría después. 
—¿Lo que vendría después? —dije, sinceramente intrigado. 
—Los asesores cubanos de Humberto Ortega, que no lo dejaban ni a sol ni a sombra, le venían diciendo desde antes del triunfo que había que prepararse porque seguramente vendría una contrarrevolución, que Nicaragua no era una isla, como Cuba y en algún momento habría que combatir tropas contrarrevolucionarias en el propio territorio. Reagan ni siquiera aparecía en el panorama cuando Castro ya decía que el imperialismo trataría de destruir la revolución nicaragüense y apoyaría movimientos armados. Humberto habrá visto en la “navidad roja” un buen momento y un buen pretexto para ejercitar el músculo. A lo mejor pensaba que como la Costa queda lejos de Managua nadie se iba a dar cuenta. 
—Nadie se dio cuenta —dije yo, que hasta entonces sabía de esto. 
—Todo se sabe alguna vez —dijo Ramiro, pensando quién sabe qué cosa— y esto también se sabrá alguna vez. A lo mejor es hasta bueno que se sepa. Casi veinte años después, escribiendo esta nota, me doy cuenta que estas cosas no las sabe mucha gente. [En una entrega futura les contaré sobre la Navidad Roja de los Miskitos]